miércoles, junio 24, 2015



Mi abuela, mujer de pocas palabras y ninguna fantasía, sonreía, socarrona, cuando yo le pedía que me contara historias y callaba, entregada a su costura, mientras mi abuelo, él sí, alimentaba mi curiosidad mostrando sus dotes narrativas. Ahora, al abrir la vieja lata de carne de membrillo reconvertida en caja de botones, me parece estar viéndola a ella, delante de su máquina Singer, entretenida en enhebrar, hilvanar, remendar y otros menesteres de aguja. Y de esa caja de otra época parecen brotar las historias que nunca salieron de su boca. Cuánta alegría en ese botón verde, rodeado de tantos marrones, grises y negros, quizá de pantalones de trabajo, de camisas de soldado, de chaquetas de luto. Cuánta angustia en ese botón amarillo, tal vez el que apretaba con dolor sobre su pecho aquel día que el médico le decía a su marido que no vería crecer a su primera nieta. Cuánta vida gastada en ese botón de nácar que aun conserva restos del hilo que en otro tiempo lo uníría a una blusa blanca de recién nacido. Ahora abro la lata y veo ante mí, como si fueran caramelos que mi abuela me ofreciera, tantos botones como relatos antes callados y me parece oírla decir, mientras se me hace la boca agua:
-Anda, coge uno y tendrás una historia.

2 comentarios:

Ana Municio dijo...

Precioso relato!

Telefono Linea Directa dijo...

Me encantó
Extraño a mi abuelita!! Recuerdo los tangos que me hacia escuchar, los mates cocidos y el huevito pasado por agua!!
Gracias por el recuerdo!