miércoles, abril 03, 2013

Días de clase



Ilustración de Katalin Szegedi vista en El baúl que no tenía mi abuela 


Se llama Francisco, como el papa, en el doble sentido de la palabra (como el papa de Roma y como el “papa” gitano que lo engendró), por eso, después de que el padre del niño los abandonara a él y a su madre cuando éste contaba con sólo tres mesecitos de edad, la mujer empezó a llamarlo Jairo, nombre por el que se le conoce en todos los ámbitos, menos en el oficial. Me cuenta que su madre no denunció al padre porque al ser gitanos está muy mal visto, pero no quiere saber nada de él ni de sus hermanas de sangre, las hijas que su padre ha tenido después de haberlos abandonado a él y a su madre. Menciona lo paradójico que resulta el hecho de que vivan en el mismo barrio y ni se conozcan, lo increíble que resulta tener cinco hermanas a las que ni trata ni puede querer como a la hija de su madre, con la que sí convive y a la que sí siente verdaderamente como una hermana. Y sólo hay un pequeño atisbo de satisfacción dentro del relato de esta orfandad a medias, cuando apunta que de vez en cuando han visto al padre pasar por su puerta mirando hacia el balcón con la intención de encontrarlo allí a él, a su hijo. 

Me cuenta que no le gusta mucho la Semana Santa y que no ha salido mucho, que cuando lo hace siempre va con sus tíos, con los que se siente protegido. Ahora entiendo por qué siempre va y viene desde la última mesa, donde está su sitio, hasta la mesa de la profesora, buscando conversación, incapaz de quedarse solo al final de la fila. Dice que quiere estar apartado, para trabajar mejor, que esta vez va en serio, que quiere aprobar y dejarse de cachondeo, que no puede ser más eso de que le queden siete. Y a medida que dice esto que no sé si él mismo cree, va pasando de la seriedad lastimera a la sonrisa alegre y picarona. Y me enseña, por fin, las actividades que esta vez sí ha acabado, en su cuaderno amarillo tamaño cuartilla, donde escribe sin márgenes y con una letra irregular e infantil, salida de una mano poco acostumbrada a la escritura.

11 comentarios:

Carlota Bloom dijo...

Lo que yo a veces me pregunto, Mariam, es como este Jairo u otros que se le parecen, son capaces de centrarse y hacer como si todo fuera normal. Un abrazo.

Miguel dijo...

Por desgracia, ejemplos como el que tú cuentas, hay muchos. Estos alumnos lo que de verdad buscan cuando vienen a la escuela, es amor y cariño. Yo tenía un alumno con unas circunstancias también muy duras, que me solía decir que le gustaría que yo fuera su padre.

Un beso.

Marian dijo...

Pues sí...demasiado hacen a veces, con todo lo que tienen detrás. Saludos

Lu dijo...

Estos alumnos cargan con una mochila emocional muy pesada y lo que buscan es poder aliviar el peso que les ha tocado acarrear. Es cierto lo que comenta Carlota, lo raro es que tengan despejada la cabeza para asimilar lo que la escuela les brinda.

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